Enfermero árabe se vuelve salvaje con sementales calientes
Publicado 20/05/2025
Soy Yanis, 32 años, 1,70 m, árabe, bastante caliente, trabajo como enfermero autónomo. Estoy casado con una mujer estupenda, tengo dos hijos, pero desde que era joven me han gustado los tíos de los proyectos. Su estilo, los chándales, las gorras, esa vibración masculina cruda... me vuelve loco. Aunque nunca lo he llevado a la práctica. Ahora mismo, estoy haciendo visitas a domicilio en un edificio en ruinas, que pronto será demolido, para cuidar a un tipo mayor en el cuarto piso. Siempre hay un grupo de tíos buenos en la entrada, vestidos con chándal y gorra, que me miran sutilmente. Les devuelvo las miradas a hurtadillas, discretamente.
Un día, llego para mi visita y la entrada está vacía. Qué raro. La puerta del sótano está abierta y oigo murmullos. Curioso, me acerco, y Fares, 30 años, 1,70 m, fornido y con una sonrisa de muerte, me descubre. "Yanis, ¿estás fisgoneando?", bromea. Me sonrojo y tartamudeo: "No, sólo pasaba por aquí...".
"No te estreses, tío", me dice. "Ven a relajarte con nosotros abajo. Parece que vibras con nosotros". Dudo, pero su voz profunda y sus ojos penetrantes me animan. "De acuerdo, sólo un rato", digo con el corazón acelerado. Nos dirigimos al sótano, un lugar mugriento con un viejo sofá, una mesa y otros tres tíos: Loïc, un mestizo de 28 años, atractivo y de estilo relajado.