Historias de sexo

Historias sexuales escritas por clientes.

Pasando el rato con mi primo
Publicado 24/06/2025
Yo tenía 20 años. El verano era pesado, los días interminables y las tardes xxxantes en aquella vieja casa de campo donde nuestras familias se reunían cada año. Nada que hacer salvo follar el tiempo. Y a él. Mi primo. La misma edad, la misma maldita energía atrapada en su cuerpo. Siempre sin camisa, bronceado, musculoso justo. Pasábamos todo el tiempo juntos. Risas, chistes verdes, juegos estúpidos. Y a veces, más que eso. Una noche, nos encontramos solos en el dormitorio. Los demás se habían ido al pueblo. Él tumbado en la cama, yo en el colchón del suelo. Estaba viendo vídeos en su teléfono, con el pecho desnudo medio cubierto por una toalla. Baja un poco el volumen y me pasa la pantalla. Dos tíos practicando sexo salvaje. Siento un nudo en el estómago. No es la primera vez que vemos esto juntos. Me mira. - "¿Estás empalmado?" - "¿Y tú?" Levanta la toalla. Tiesa. Está claro. Me bajo los calzoncillos. Mi sexo sale, duro, casi doloroso por estar comprimido. Nos masturbamos uno al lado del otro, con los ojos fijos en el vídeo, pero apenas pasa un minuto antes de que diga: - "Venga... acércate". Me subo a la cama. Nuestros hombros se tocan, nuestros brazos también. Vuelve la cabeza hacia mí, nuestras bocas están cerca. El olor de su piel caliente, del jabón que aún lleva encima, del deseo crudo, se me sube a la cabeza. Nuestros labios se buscan, se rozan. Él toma la iniciativa. El beso es crudo, tenso. Nuestras pollas se rozan, húmedas y duras. Deslizo mi mano sobre él. Él gime, bajo y ronco. Su mano se acerca a la mía, la guía, la aprieta. Rodea mi sexo con sus dedos, empieza a pajearme suavemente, al ritmo del vídeo que sigue reproduciéndose de fondo. Luego se estira y me pone encima de él. Sus muslos se abren, sus ojos se aclaran: quiere más. Aquella noche llegamos lejos. Más lejos que las veces anteriores. Cuerpos pegados, bocas sucias, respiraciones agitadas. Sin palabras tiernas, sólo necesidad, la tensión acumulada durante años explotando por fin. Cuando nos corrimos, fue juntos, un gemido ahogado en la almohada, su mano apretando la mía. Al día siguiente no hablamos de ello. Pero no fue la última vez.
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