El gurú xxl parte 3
Publicado 01/04/2026
Me levanto y me acerco a chupársela. Me arrodillo delante de él y me encuentro frente a esta polla excepcional. Siento decenas de ojos clavados en mí. Pero no me avergüenzo. Al fin y al cabo, para eso están los tíos... y yo también he aceptado estar ahí. Lo estoy disfrutando. Me siento sumisa, y orgullosa de ello.
Empiezo a chupársela, lentamente, saboreando cada momento. De vez en cuando me abofetea con la polla, golpes duros que resuenan en mi cabeza. Me excita aún más. Me masturbo mientras se la chupo, totalmente absorta en el momento. Continúa, implacable, golpeándome con su enorme cosa. Siento que me va a romper la nariz... pero me encanta.
Se la chupo durante veinte minutos. Demasiado excitada, acabo gimiendo y eyaculando en el suelo, masturbándome. Me levanto, un poco mareada, y vuelvo al coche.
Durante el resto de la noche, sigue con su ritual. Elige a sus chicos, los llama y los hace arrodillarse. Me quedo mirando durante al menos dos horas. Chupando, esperando su turno, todos de acuerdo, atraídos por esta energía bruta.
Es tarde. Las tres de la mañana. ¿Cuándo va a terminar esta historia? ¿Cuándo va a venir este gurú?
Alrededor de las tres, una docena de tipos se reúnen a su alrededor. Se acerca el final. Se empujan, mueven la lengua, cada uno quiere su sitio. Algunos refunfuñan, otros insisten. Los que no pueden alcanzar su polla se echan encima de otros tíos, todavía en este ambiente tenso y excitado.
Entonces, de repente, el maestro se masturba con más fuerza. Todos lo comprenden. Va a correrse.
Los chicos se acercan, agarrándose por los hombros como una manada. Un grito ronco parte la noche. Lo deja salir todo. Chorros potentes salpican a los que están preparados y dispuestos. Los chicos se miran, se abrazan, salvan lo que pueden, aún en tensión.
Luego, sin mediar palabra, se sube los pantalones, se mete la polla y desaparece en la oscuridad.
Los demás se quedan parados unos segundos. Sin aliento, cubiertos de sudor, saliva... y este momento compartido. Luego cada uno sigue su camino. La ceremonia ha terminado.
Me quedo solo en mi coche. El aparcamiento está vacío, iluminado por una luz fría. Pero todavía está lleno de una pesada presencia. La del maestro.