Historias de sexo

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Gay Locker Room Hookup: Bolas sudorosas y anal duro
Publicado 17/03/2025
Tengo 28 años, soy un sumiso nato con una manía obscena: pelotas sudorosas y llenas de olor a hombre después de un duro polvo. Esa noche, después del trabajo, voy al gimnasio para una sesión de pecho. Me machaco los pectorales, pero sólo pienso en mirar a los tíos de los vestuarios. A las 8 de la tarde, termino, me doy una ducha rápida, pero me quedo merodeando: chándal negro, zapatillas deportivas en los pies, merodeando cerca de las taquillas. Entonces llega este rebeu, un chico rudo de la cuadra, de unos 25 años, 1,90 m, musculoso, con un chándal Adidas gris empapado, capucha puesta, zapatillas blancas sucias. Recién salido de un partido de fútbol, chorrea testosterona a tres metros de distancia.

Me mira fijamente, esboza una sonrisa y se acerca con la bolsa de deporte en la mano. "¿Qué pasa, colega, te va el rollo?". Murmuro una tontería, pero él se ríe: "Tranquilo, sé lo que buscas". Deja la bolsa y se apoya en una taquilla, con las piernas abiertas. Su chándal abraza un xxx enorme, y el hedor -sudor, calor, masculinidad en estado puro- me la pone dura al instante. Se me escapa: "Me gustan las pelotas apestosas, jefe". Se ríe entre dientes: "Eres un buen cachorro, ¿eh? Venga, vamos a la parte de atrás, que a estas horas no hay nadie".

Nos metemos en un rincón cerca de las duchas oscuras, sin nadie alrededor. Se baja el chándal hasta los muslos -sin calzoncillos- y se le salen los huevos: pesados, peludos, brillantes de sudor, me xxxxn con un olor como un puñetazo en la cara. "Huele, zorra, disfruta del festín". Caigo de rodillas, entierro la cara en ellos y respiro hondo. Es pura diversión post-partido, afilado, almizclado, todo hombre, que me vuelve loca. Gimo, mi lengua roza su saco, lamiendo despacio, saboreando cada pliegue. Gruñe: "Eres un auténtico monstruo, adóralas bien". Me meto una bola en la boca, luego la otra, haciéndolas rodar sobre mi lengua mientras él sacude su gruesa polla sobre mí, cada vez más dura.

Estoy en trance, babeando sus pelotas, olisqueando más fuerte, con las manos agarrando sus muslos desgarrados. Me agarra del pelo: "Te encanta esto, ¿verdad, zorra mía?". "Sí, jefe, tus pelotas son jodidamente irreales". Se ríe, se quita completamente el chándal y se queda en calcetines y zapatillas blancas. Saco una dosis de popss del bolsillo -el calor me inunda- y vuelvo a sumergirme, obsesionada. Me empuja la cabeza hacia abajo: "Lame más fuerte, hazme sentir". Voy a por todas, con la lengua por todas partes, con su olor poseyéndome: soy su perro, su juguete.

Diez minutos después, me levanta de un tirón y me gira contra la pared. "Te lo has ganado, saca ese culo". Me quito el chándal, me arqueo con virilidad y le ofrezco mi agujero. Me escupe en la polla -una bestia de 20 cm, gruesa y venosa- y en el culo, y luego me la mete. Gimo fuerte, me escuece, pero los popss me aflojan y él se desliza hasta el fondo. "Joder, qué estrecha estás. Te voy a destrozar". Me xxxx con virilidad, sus pelotas xxxxn mis mejillas, el hedor de sus patadas sudorosas llena el aire. Estoy en el paraíso, gimoteando como una zorra mientras me taladra durante quince minutos, con los golpes resonando en el vestuario vacío.

Gruñe: "Me voy a correr, abre la boca". Me saca, me hace girar y caigo de rodillas. Las gruesas cuerdas me xxxxn la cara, la boca y el pecho. Me trago todo lo que puedo, el fuerte sabor acaba conmigo. Se limpia la polla en los labios y se sube el chándal. "Eres una buena traga leche. Vuelve después de mi próximo partido". Se larga, dejándome desnuda, con su semen chorreando y su olor a cojones pegado a mi nariz. Me visto, me voy a casa y le mando un mensaje a mi hombre: "Encontré un jefe, sus pelotas me mataron". Me responde: "Suéltalo todo, zorra, mañana te destrozo".
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