Karim, la bestia de la capucha - Parte 2
Publicado 11/04/2025
A los 18, Karim ya se movía como un depredador. No un ligón lanzando frases. No un fanfarrón. Un cazador nato. Sabía cómo captar una mirada, cómo devolverla. Había estado con más chicas que la mayoría de los chicos que le doblaban la edad, y nunca tuvo que perseguirlas. Ellas venían a él. Siempre.
Pero ese día, algo parecía diferente.
No sólo estaba cachondo. Estaba excitado, con ese calor palpitando bajo su piel, acumulándose en su vientre. Necesitaba liberarse, pero nada le llamaba. Ninguna chica le llamaba la atención. Ninguna vibración.
Y entonces lo vio.
Delgado. Leve. Un poco blando. No era de por aquí, eso estaba claro. Demasiado limpio, demasiado tranquilo. Parecía fuera de lugar, pero estaba en su sitio. Y miraba a Karim. No tímidamente. Ni nervioso. Con una mirada firme y abierta. Honesta. Atrevido. Un poco demasiado atrevido. Como si supiera lo que quería.
Karim no habló. Simplemente se acercó y se detuvo frente a él, ojo a ojo. Por un momento, el tiempo se ralentizó. El aire se espesó. El tipo bajó la mirada, se dio la vuelta y se alejó, no muy deprisa. Lo justo para invitar.
Y Karim le siguió.
No con un plan. No con preguntas. Con instinto. Se movió por la ciudad como un hilo tirado por algo invisible. Algo nuevo.
Acabaron en un aparcamiento subterráneo. De hormigón. Silencioso. Oscuro. El tipo caminó entre dos coches y se detuvo. Se dio la vuelta. Esperó.
Karim se acercó lentamente. No dijo ni una palabra. El tipo le sostuvo la mirada un segundo y luego se arrodilló con facilidad, como si lo hubiera hecho antes, como si hubiera elegido ese momento.
Karim se quedó sin aliento.
El tipo levantó la vista hacia él, moviendo suavemente las manos para abrirse los vaqueros, y luego se detuvo. Karim asintió con la cabeza. Eso fue todo lo que necesitó. El hombre volvió a bajar los ojos y se inclinó hacia él.
El calor de su boca alrededor de la polla de Karim era nuevo. No mejor que la de las chicas. Sólo diferente. Más afilada. Más concentrado. Se movió lentamente, dejando que Karim se adaptara, dejando que sintiera cada parte. Y Karim lo hizo. Su cuerpo respondió inmediatamente.
Sus caderas no tardaron en empezar a moverse. Con naturalidad. No para dominar, sólo para conectar. El chico le siguió, dejándose guiar, no empujar. Su ritmo se mantuvo suave, constante, generoso. La confianza entre ellos fue instantánea, silenciosa y fuerte.
Karim sintió que su mano se apoyaba ligeramente en la cabeza del hombre, no para sujetarlo, sino para mantener la conexión. El tipo respondió llevándole más adentro, ajustándose sin vacilar.
Karim exhaló y su pecho se elevó. Algo se agitó en su interior. No sólo lujuria, sino algo más grande. Se sintió visto. Deseado de una forma nueva. No había vergüenza. No había duda. Sólo presencia.
Entonces el tipo se detuvo, volvió a levantar la vista. Karim comprendió. Le ayudó a levantarse. Sus miradas se cruzaron y, de nuevo, no hubo palabras. El tipo se volvió, se apoyó ligeramente en el coche, con la espalda arqueada, invitando sin presionar.
Karim se acercó. Alargó la mano para bajarle los pantalones, despacio, dándole espacio para que se detuviera. Pero no hubo resistencia, sólo un silencioso "sí".
Se colocó en posición, suavemente. Con cuidado. Una mano en la cadera del hombre, la otra manteniéndose firme.
Luego entró.
No rápido. Sin brusquedad. Firme. Profundo. Cálido.
El hombre emitió un sonido silencioso, más de liberación que de conmoción. Su cuerpo le dio la bienvenida. Karim se quedó quieto un momento, dejando que ambos lo sintieran. La conexión. El aliento entre ellos.
Y entonces, con cuidado, se movió. Caricias suaves. Ritmo constante. Sujetando sus caderas, Karim encontró su ritmo. El hombre respondió con pequeños movimientos, igualándole, animándole.
Era real. Mutuo. Íntimo. E inesperadamente poderoso.
La forma en que sus cuerpos se encontraban, se movían y respondían: no se trataba de tomar. Se trataba de compartir.
Karim sintió que se le apretaba el pecho, que se le secaba la garganta, que el corazón le latía más fuerte. Cada movimiento era eléctrico. Enraizado. Real.
El sonido de la piel, la respiración y los jadeos silenciosos resonaron suavemente en el aparcamiento. No muy alto. Pero lo suficientemente alto como para que pareciera que eran los dos únicos hombres que quedaban en el mundo.
Karim se acercó más y rodeó la cintura del chico con los brazos, tirando de él con cada caricia. Su ritmo se hizo más profundo, más intenso, pero sin perder nunca el control. Seguía siendo sincero. Presente. Deseado.
Su clímax crecía lentamente. Naturalmente. Susurró un sonido -algo bajo, algo primitivo- y apretó más, quedándose quieto mientras una oleada tras otra le atravesaba. Se corrió dentro, en silencio, completamente, apoyando la cabeza un segundo en el hombro del tipo mientras respiraba el momento.
Luego, suavemente, se retiró. Permaneció allí unos segundos. Sin palabras.
El tipo se volvió y le miró. Ojos suaves. La cara abierta.
Sin incomodidad. Sólo una especie de orgullo silencioso.
Ambos se vistieron, aún sin hablar. Pero ya estaba todo dicho.
Karim se marchó. No avergonzado. Ni confundido.
Simplemente... diferente.
Algo había cambiado. Algo había despertado.