Lucas Mancinni es un adicto a la adrenalina: cuanto más expuesto es el lugar, más duro se pone: un aparcamiento en pleno día, cámaras rodando, riesgo a cada paso... exactamente el tipo de terreno de juego que le pone las pilas. Cuando aparece Rafael, con el pecho al aire y los ojos brillantes, la química es inmediata. Lucas cae de rodillas sin mediar palabra, se mete la enorme polla en la boca con regia avidez, con los ojos levantados hacia Rafael, que saborea cada segundo. Luego arquea la espalda contra el coche, con el culo tenso, y deja que Rafael le llene con un único movimiento potente, profundo y rítmico. Rafael lo da todo, Lucas lo recibe todo, y el aparcamiento se convierte en su reino secreto, un polvo público, intenso, asertivo, en el que cada empuje de las caderas suena como un desafío al mundo entero.